Soldado Virgina Woolf

Londres, 25 de enero de 1882 - Rodemell (Sussex), 29 de marzo de 1941

 

 

 

 

 

Declara que:

Clarissa tenía una teoría en aquellos días (tenían montones de teorías, siempre estaban teorizando, como les sucede a los jóvenes). Aquélla, en concreto, era para explicar su sentimiento de insatisfacción; no conocer a la gente; no ser conocido. Porque, ¿cómo podían conocerse? Se veía a alguien a diario hasta que desaparecía durante seis meses, o durante seis años. Era muy poco satisfactorio, los dos estaban de acuerdo, conocer tan mal a las personas. Pero, yendo en el ómnibus que subía por Shaftesbury Avenue, Clarissa había dicho que le parecía estar en todas partes; no “aquí”(repitió la palabra tres veces, al tiempo que golpeaba el respaldo del asiento), sino en todas partes. Agitaba la mano, subiendo por Shaftesbury Avenue. Era todo aquello. De manera que para conocerla, o para conocer a cualquiera, había que buscar a las personas que los completaban, incluso los sitios. Clarissa sentía extrañas afinidades con personas a las que nunca había hablado, una mujer con la que se cruzaba por al calle, alguien detrás de un mostrador; incluso con árboles o con graneros. Todo ello desembocaba en una teoría trascendental que, dado su horror a la muerte, le permitía creer, o decir que creía (pese a su arraigado escepticismo), que, como la parte visible de cada uno era tan reducida comparada con la otra, la invisible, tan extensa, quizá esta última sobreviviera, unida de algún modo a esta o a aquella persona, o incluso ligada a ciertos lugares. Quizá, tal vez.

Al repasar su larga amistad -treinta años casi-, la teoría de Clarissa encontraba, hasta cierto punto, confirmación. Aunque sus entrevistas habían sido breves, fallidas, a menudo dolorosas, a lo que había que añadir ausencias (las de Peter) e interrupciones (aquella mañana, por ejemplo, se había presentado Elizabeth –bien parecida, muda, semejante a una potranca de largas patas-, precisamente cuando empezaba de verdad a hablar con Clarissa), el efecto sobre su vida era inconmensurable. Había un misterio en ello. Se recibía una simiente cortante, puntiaguda, incómoda, la entrevista misma, terriblemente dolorosa la mitad de las veces; con la ausencia, sin embargo, en los lugares más insospechados, germinaba, se abría, perfumaba el ambiente; era posible tocarla, gustarla, situarla, sentirla y entenderla, después de años de olvido. De esa manera Clarissa había vuelto a él a bordo de un buque, en el Himalaya, susugerida por las cosas más extrañas (de la misma manera que Rally Seton, aquella boba generosa y exaltada, pensaba en él cuando veía hortensias azules). Clarissa había influido en su vida más que ninguna otra persona. Y siempre presentándose cuando él no la buscaba, fría, señorial, crítica; o seductora, romántica, evocadora de un prado o de las mieses de Inglaterra. La veía casi siempre en el campo, no en Londres. Una tras otra, las escenas en Bourton...