Soldado Friedrich Wilhelm Nietzsche

15-10-1844 en Röcken - 15-8-1900 en Weimar

 

 

 

 

 

 

 

Declara que:

El problema Sócrates

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Sobre la vida, los más sabios han pronunciado siempre el mismo juicio: "No vale nada." Siempre y sobre todas las cosas, se ha oído en sus labios ese mismo eco lleno de duda, melancolía y cansancio, lleno de resistencia contra la vida: "Vivir significa estar enfermo por una temporada; le debo un gallo a Esculapio por mi curacíón." El mismo Sócrates, un cansado de vivir.
¿Qué se demuestra con esto? En otro tiempo se dijo (sí, se dijo, y bastante fuerte, y antes que nuestros pesimistas): "Aquí en todo caso debe haber algo de verdad." ¿Hemos de decir nosotros lo mismo? ¿Tenemos derecho a decirlo? ¿El consensus sapientium demuestra la verdad? "Aquí, en todo caso, debe haber algo enfermizo." Nosotros respondemos: a estos sapientísimos de todos los tiempos habría que verlos, ante todo, de cerca. ¿Acaso no estaban ellos bien firmes sobre sus piernas? ¿O eran tardos? ¿O temblones? ¿O decadentes? ¿Acaso la sabiduría en la tierra no se parece a un cuervo a quien le entusiasma un poco de olor a carroña?

2
En mí, esta irreverencia de creer que los grandes sabios son tipos de decadencia surgió por primera vez, realmente, en un caso en que a tal irreverencia se opone del modo más absoluto el prejuicio de los doctos y de los indoctos; yo reconocía que Sócrates y Platón son síntomas de decadencia, instrumentos de la descomposición griega, entigriegos (cf. El origen de la tragedia). Aquel consensus sapientium no demuestra en modo alguno que tuviesen razón en las cosas en que estaban de acuerdo; demuestra, antes bien, que aquellos sabihondos tenían en común algún elemento fisiológico que les inducía a tomar posición negativa frente a la vida, a "deberla tomar". Juicios y prejuicios sobre la vida, pro y contra, en último análisis no son nunca verdaderos; tienen el valor de síntomas, y como síntomas deben ser tratados; en sí mismos no son más que estupideces. Es preciso extender la mano y palpar esta sorprendente finesse: el valor de la vida no puede ser apreciado. No puede ser apreciado por nosotros, vivientes, porque un vivo es parte en la causa, objeto de disputa y no juez. Y los muertos tampoco juzgan, ya se sabe. El que un filósofo se plantee el problema del valor de la vida, es ya una objeción contra dicho filósofo, una puesta en duda de su sabiduría, una falta de sabiduría. Pero entonces: ¿es que todos esos sabios no son más que unos decadentes? ¿Es que ni siquiera fueron sabios? Pero quedémonos en el problema de Sócrates.

3
Sócrates era del más bajo origen. Plebe. También se sabe que era horroroso. La fealdad, que para nosotros es ya una objeción, para los griegos era casi una refutación. Y aún podemos preguntar: ¿era Sócrates griego? La fealdad deriva frecuentemente de un cruce o mestizaje. En otros casos, de la decadencia. Los criminalistas antropólogos nos dicen que el delincuente típico es feo: monstrum in fronte, monstrum in animo. Pero los delincuentes ¿son decadentes? ¿Fue Sócrates el delincuente-tipo? Se refiere a que un extranjero que entendía de rostros, pasando por Atenas, dijo a Sócrates cara a cara que era un monstruo, que albergaba dentro de sí los peores vicios e inclinaciones. Sócrates se limitó a responder: "Me conocéis, señor."

4
Lo decadente en Sócrates está revelado no sólo por la disolución y confesada anarquía de los instintos, sino también por la superafectación de lo lógico y aquella malignidad de raquítico que lo distinguía. No hay que olvidar tampoco aquellas ilusiones del oído, interpretadas en un sentido religioso como el "demonio" de Sócrates. Todo en él era exagerado, bufo, caricatura. Todo era al mismo tiempo oculto, repleto de equívocos, subterráneo. Yo trato de discernir de qué idiosincrasia proviene aquella ecuación socrática: razón =virtud=felicidad; aquella ecuación, la más extravagante que ha existido, que tiene particularmente contra sí todos los instintos de los antiguos helenos.

5
Con Sócrates, el gusto griego se corrompe en favor de la dialéctica; un gusto más noble es vencido: con la dialéctica, la plebe prepondera. Antes de Sócrates, en la buena sociedad se rechazaban los procedimientos dialécticos, considerados como inconvenientes y comprometedores. Se prevenía a la juventud contra ellos. Las cosas honestas, como los hombres honrados, no llevan sus razones tan al alcance de la mano. Es indecente mostrar así los cinco dedos. Las cosas susceptibles de demostración son las de menos valor, precisamente. Cuando la autoridad forma aún parte de las buenas costumbres, donde no se dan "motivos" sino que se ordena, el dialéctico hace el papel de payaso. La gente no lo toma en serio. Sócrates fue el payaso que se hizo tomar en serio: ¿qué es lo que sucedió entonces?

6
Sólo se acude a la dialéctica a falta de otros medios. Excita la desconfianza, es poco convincente; nada es más fácil de destruir que sus efectos, como lo demuestra un poco de experiencia en una asamblea donde se pronuncian discursos. Es un recurso extremo en manos de personas que deben conquistar su propio derecho. Por esto los hebreos fueron dialécticos. También Reineke Fucks. ¿Y también Sócrates?

7
¿La ironía de Sócrates expresa rebelión o rencor plebeyo? ¿Sacia, en calidad de oprimido, su propia ferocidad con las cuchillas del silogismo? ¿Se venga de los nobles, a quienes fascina? El dialéctico tiene en sus manos un instrumento implacable; con él se puede ejercer la tiranía; se compromete al mismo tiempo que se ven ce. El dialéctico deja a su adversario el cuidado de probar que no es un idiota; le pone furioso y al mismo tiempo le priva de toda ayuda. El dialéctico despotencializa el intelecto de su adversario. La dialéctica en Sócrates, ¿será sólo una forma de la venganza?

8
Ya he explicado por qué era Sócrates repulsivo; razón de más para explicar por qué fascinaba. Había descubierto una nueva especie de "agon", de lucha, y fue el primer maestro de esgrima para los círculos distinguidos de Atenas. Fascinó excitando el instinto de lucha de los helenos; aportó una variante en la lucha de la palestra entre hombres jóvenes y adolescentes. Fue también un gran erótico.

9
Pero Sócrates adivinó aún más. Vio en el fondo de sus nobles atenienses: comprendió que su caso de decadencia personal no era un caso de excepción. El mismo tipo de decadencia se preparaba en todas partes en silencio. La antigua Atenas tocaba a su término. Comprendió que todos tenían necesidad de él, de sus remedios, de sus cuidados, de sus artificios personales para la conservación de sí mismo. En todas partes los instintos estaban en anarquía; en todas partes se estaba a un paso de la depravación; el monstrum in animo era el peligro general. "Los impulsos quieren ser tiranos; se debe encontrar un tirano contrario, que sea más fuerte ..." Cuando el fisonomista de que hablamos arriba reveló a Sócrates lo que éste era, un antro de malos impulsos, la respuesta fue: "Es verdad; pero he llegado a ser dueño de ellos." ¿Cómo llegó Sócrates a ser dueño de sí mismo?
Su caso en el fondo no fue más que el caso extremo, el que más saltaba a la vista de lo que entonces comenzó a ser la miseria general: nadie era dueño de sí mismo, los instintos se volvían unos contra otros. Sócrates fascinó por lo exagerado: su fealdad inspiraba miedo; fascinó, más obviamente, como respuesta, como solución, como apariencia de cura.

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Cuando hay necesidad de hacer de la razón un tirano, como en el caso de Sócrates, el peligro no es pequeño de que cualquier otra cosa se vuelva también tirano. Una vez que la racionalidad fue descrita como salvadora, ni Sócrates ni sus enfermos tuvieron más remedio que ser racionales - fue de rigor, era su último recurso. El fanatismo con que todo el pensamiento griego se aferró a la racionalidad revela un estado de necesidad: se estaba en peligro, había sólo una elección posible: o hundirse o volverse absurdamente razonables. El moralismo de los filósofos griegos a partir de Platón está patológicamente condicionado, así como su valoración de la dialéctica. Razón= virtud= felicidad significa simplemente: debemos hacer como Sócrates y levantar una luz permanente contra las tinieblas: la luz de la razón. El hombre debe ser a toda costa claro, sereno, perspicaz, ya que cada concesión a los instintos conduce a lo desconocido, a lo inconsciente...

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He tratado de mostrar qué era lo fascinante en Sócrates: parecía un médico, un salvador. ¿Es todavía necesario señalar el error que implicaba su creencia en la "racionalidad a toda costa"? Es un autoengaño por parte de filósofos y moralistas creer que para salir de la decadencia es necesario hacerle la guerra. El salir de la decadencia está más allá de sus fuerzas: lo que consideran remedio, tabla de salvación, no es en sí mismo sino otra máscara de la decadencia - cambian su expresión, pero no abren ninguna salida. Sócrates fue un equívoco: toda moral de perfeccionamiento, aun la cristiana, fue un equívoco... La cruda luz del día, la razón a todo precio, el vivir claros, fríos, cuidadosos, conscientes, sin instintos, en contradicción con los instintos, fue en sí mismo sólo una enfermedad, otra enfermedad y no un retorno a la "virtud", a la "salud" o a la felicidad... Combatir los instintos: ésta es la forma de la decadencia; tanto como dure la vida, será la felicidad igual a instinto.


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¿Se entendió a sí mismo, el más hábil de los engañadores de sí mismo? ¿Se dijo a sí mismo lo que sigue, en la sabiduría de su valor frente a la muerte?... Sócrates quería morir: no Atenas, él mismo se administró el veneno, obligó a Atenas a darle veneno... "Sócrates no es ningún médico, se dijo en un susurro: sólo la muerte es médico aquí; Sócrates mismo fue únicamente y durante largo tiempo un enfermo..."